Relatos en la Isla Tintero

Isla Tintero es el lugar donde cualquiera que haya sentido alguna vez la llamada de las palabras debe parar al menos una vez en la vida.

4º relato breve: Cornelius Finc no es el protagonista de esta historia

CORNELIUS FINC NO ES EL PROTAGONISTA DE ESTA HISTORIA (de Blas Enrique Cabanilles)

Yo no soy un gran escritor, pero aquí tengo una de las mejores historias que he visto en mi vida. No tengo más que reproducir los hechos tal y como suceden, y sin embargo, nadie los creerá. Por eso es que me atrevo a narrar lo sucedido sin temor a que mi vida cambie en lo más mínimo. Mi idea es escoger las aventuras que más pueden llamar la atención del lector y escribir una serie de novelas que me permitan vivir desahogadamente si no por el resto de mis días, sí por muchos de ellos, así que si no he de preocuparme de imaginar absolutamente nada, pues todo lo que pienso contar pasó de verdad, sí he de preocuparme de descubrir cuáles serán las historias que atraparán al mayor número de lectores. Por ejemplo, estoy seguro de que aquella aventura en la que dos ranas vinieron a exigir que volviéramos a convertirlos en humanos fue una de las que más afectaron a nuestra vida en general, aparte de que fue bastante difícil conseguirlo; sin embargo, me suena que ya han hecho una película de una historia parecida y no sería muy bien acogida entre el público. No sé si me estoy explicando correctamente, pero tampoco me importa mucho. Al fin y al cabo, este fragmento no va a ver la luz hasta que no sea relativamente famoso y pueda encasquetárselo a la editorial como algo inédito que escribí en mis principios. Obviamente, pienso corregirlo antes, pues seguramente mi estilo haya mejorado considerablemente.

En fin, ya no sé muy bien por donde iba, así que me parece que voy a pasar directamente a escribir. Estaba indeciso entre contar aquella vez en la que el agua de toda la ciudad se volvió rosa o aquella otra en la que a Cornelius y a mí nos borraron la memoria y no sabíamos ni quiénes éramos. Aquella fue bastante divertida, lo reconozco, pero seguramente lo mejor para esta ocasión sea contar la historia del niño perdido.

Estaba yo en mis quehaceres domésticos mientras Cornelius meditaba a unos pocos centímetros del suelo, cuando casi imperceptiblemente sonó el fonoporta (me sale en el procesador de textos que “fonoporta” no existe, no sé por qué; yo toda la vida lo he llamado así (nota para mí: buscar cómo se llama de verdad el fonoporta)). Me sequé las manos en el delantal antes de cogerlo y preguntar quién era. En el otro lado, una mujer con la voz entrecortada preguntaba por Cornelius Finc. Cómo no, pensé. Aquí solo viene la casera o alguien preguntando por Cornelius Finc.

Abrí la puerta y esperé en el rellano a que apareciera nuestra nueva clienta. Era una mujer menuda pero que todavía conservaba su atractivo pese a la edad. No soy muy bueno calculando, pero diré que no podía tener más de cuarenta o cuarenta y cinco años. En la cara se le notaba que había estado llorando, pero sus ojos eran los de una persona decidida. Supongo que debí darle una mala primera impresión, pues la mujer se me quedó mirando como si yo fuera un poco retrasado. Pase al comedor, al fondo de este pasillo, y espere. Cuando vi que no se decidía pensé que tendría que aclarar que yo no era la persona que estaba buscando. El señor Finc la atenderá en un segundo. Me metí en mi habitación, me quité el delantal, me puse una camiseta y me peiné. Acto seguido fui a la habitación de Finc para decirle que teníamos visita y me la encontré vacía.

-Cuénteme, señora. ¿En qué puedo ayudarla?- hay veces en las que es imposible sacar a Cornelius del trance; otras, hace todo mi trabajo antes de que sepa siquiera que lo ha hecho.

La ventana del comedor estaba abierta, por lo que el frío del invierno entraba por ella sin piedad. Cornelius vestía su habitual batín de color naranja, pero esta vez se lo había puesto encima del traje. Tuve que aguantar la risa al ver la corbata roja y los mocasines. Para más inri, vi que estaba fumando en una de esas pipas extremadamente largas y con el hueco para poner el tabaco extremadamente pequeño. Ojalá pudiera haber visto la cara de la mujer, pero cuando llegué los dos se levantaron.

–Deja el asunto en buenas manos, le avisaré cuando lo hayamos resuelto- le dio la mano y la acompañó hasta la puerta.

–Ni siquiera ha hablado- le dije.

–Vístete, nos vamos al tejado- dijo mientras se quitaba el batín.

Arriba el aire cortaba la piel y las nubes amenazaban lluvia. Yo había sido previsor y me había puesto el abrigo, sin embargo Cornelius seguía vistiendo únicamente el traje. Estaba allí, al borde de siete pisos de caída libre, con una mano en la sien y otra palpando el aire. Yo ya había aprendido a no molestarle cuando se ponía así, por lo que me distraje observando su semblante.

He buscado en algunos sitios de internet cómo describir a una persona, porque sabía que en algún momento iba a tener que describir a Cornelius Finc, y creo que lo más acertado sería describirlo de abajo a arriba, comparando cada parte de su cuerpo con algo semejante y luego haciendo una valoración abstracta. Debajo de los mocasines, sus pies eran perfectos. La mayoría tiene algo en los pies, son cavos, planos, equinos o no sé cuántas cosas más. Pero los de Cornelius no, los de Cornelius eran perfectos. Como… como… da igual. Son perfectos y punto. Sus piernas eran fuertes y ágiles, y pasando directamente al torso, diré que aunque por fuera pueda parecer un blandengue, es porque soy el único que le ha visto sin camiseta. No está cuadrado, pero cuando ves su torso desnudo sabes que no tienes que meterte con él. Piel blanca, cabello negro, ojos marrones, no sé qué más puedo decir. Ah, sí. Sus brazos parecen enredaderas.

Puede parecer extraño o incluso sonar mal, pero cuando te fijas, ves que sus brazos siempre están moviéndose. Y no es algo desagradable ni repelente. Ni siquiera te das cuenta. Pero lo hace. Ah, y hoy lleva una de esas perillas en las que los pelos del bigote se juntan con los de la barbilla rodeando completamente los labios. Y larga, además. Nótese que digo hoy porque es habitual en Cornelius afeitarse cada vez de una manera. En conjunto, se puede decir que tiene el aspecto de un lagarto tirado boca arriba tomando el sol. Hasta que aparece un objetivo. En ese momento las escamas del lagarto caen para dejar salir a las negras plumas del casuario.

–Al parque-.

Todo el mundo le miraba. Se había puesto de pie encima del tobogán con una mano en la sien y otra palpando el aire. Ya hacía un cuarto de hora que permanecía en esa postura, y eso había atraído la atención de todos los niños y todos los padres que pasaban la tarde en el parque. El lugar era lo suficientemente grande como para ser uno de los más concurridos y famosos de la ciudad, lo que significaba que había más de un guardia de seguridad. Cuando aparecieron tuve que convencerles de que no podían distraerle. Obviamente, todos pasaron de mí.

Por suerte, cuando los guardias estaban a punto de cogerlo saltó al suelo y empezó a correr hacia los árboles más cercanos. Los guardias corrieron tras él, yo corrí tras los guardias y todos los demás espectadores se acercaron para ver qué pasaba. Cornelius estaba tumbado boca abajo en la arena con la oreja pegada al suelo y gritaba:

-¡Es aquí Leo! ¡Es aquí!- Uno de los guardias ya estaba a punto de cogerle cuando Cornelius se arrodilló, levantó uno de esos brazos enredadera y dio un puñetazo tan fuerte en el suelo que lo atravesó, quedando enterrado casi hasta el hombro. Se oyeron algunos gritos y todo el mundo se quedó quieto donde estaba. Yo vi su sonrisa. Y eso me tranquilizó. Al sacar el brazo del suelo todo se rompió para dejar paso a una caja de madera del tamaño de un perro grande. Con la otra mano le arrancó la tapa y gritó:

-¡A tiempo!- Era un bebé.

De camino a casa de la mujer con el niño en brazos Cornelius guardó un silencio sepulcral. Yo, lo confieso, estaba asustado, pero aun así sabía que todo saldría bien. Un hombre fornido nos abrió la puerta segundos después de llamar al timbre. Sus ojos se abrieron como platos al ver al bebé, y pude ver cómo asomaban las lágrimas a su rostro antes de que Cornelius hiciera un movimiento de mano y le hiciera desaparecer. Cuando la mujer apareció, nos dio las gracias por habernos hecho cargo del bebé mientras trabajaba y cerró la puerta.

Tiempo después deduje que esa mujer jamás recordaría haber estado casada, ni tampoco la desaparición de su hijo. Miré a Cornelius y supe por sus ojos que estaba enfadado. Pocas veces le había visto enfadado, pero supongo que el intento de asesinato de un bebé por parte de su propio padre bien lo valía. Jamás volvimos a hablar del tema. Bueno, yo ahora lo he escrito pero, ¿alguno de vosotros se lo ha creído? A eso me refiero.

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Esta entrada fue publicada en diciembre 30, 2015 por en escribir, primera edición, relato breve y etiquetada con , .

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