Relatos en la Isla Tintero

Isla Tintero es el lugar donde cualquiera que haya sentido alguna vez la llamada de las palabras debe parar al menos una vez en la vida.

3º relato breve: el manuscrito de la biblioteca

EL MANUSCRITO DE LA BIBLIOTECA (de Carmelo Beltrán)

La Universidad es muy complicada. Si ya encima eliges una carrera difícil la tarea se multiplica. ¿Por qué no habría elegido algo más fácil? ¿Algo que le permitiera estar moviéndose todo el rato? No sé, algo como… ¿trabajo social? ¿Hacía cuanto no podía disfrutar de un día a solas con su novio sin preocuparse por nada más? Todo ello se preguntaba Inés mientras leía la última sentencia que le habían mandado en clase. ¿Por qué Derecho? Tenía que haber hecho caso a su cabeza cuando esta le decía que no iba a ser capaz, que iba a agobiarse y a consumirse en los cuatro años —o más— que tenía por delante… pero no lo hizo.

Cuando llegó al quinto folio se topó con un artículo que no conocía. Entre los siete manuales y compendios de leyes que adornaban su mesa no se encontraba aquel que pudiese resolverle su duda. En un principio se resignó a seguir adelante sin más, ¿qué más daba?, por un precepto… Sin embargo, la baja calificación que había obtenido en su última prueba tuvo más fuerza. Con un bostezo de aburrimiento y cansancio se levantó de la mesa y se fue a la sección dedicada a la materia.

Mientras avanzaba utilizaba su teléfono para enviar mensajes a su chico: «Esta noche te veo, a las nueve. Como siempre». Los miércoles era el día en el que cenaban juntos, sin excepción. Bastante pocos ratos tenían ya como para perder el que había sido mágico desde el principio.

Tenía que mirar de reojo los andamios y las escaleras que estaban dispersas por la sala. «Malditas obras», ni siquiera allí podía concentrarse. Tanto ruido y tan pocas ganas…

Sin casi darse cuenta la estantería apareció delante de sus narices. Al mirarla se sorprendió.

Nunca se había parado a pensar la cantidad de páginas que se guardaban entre esas cuatro paredes. ¿Cuánta historia y conocimiento habría?¿Cuántas personas habrían dedicado gran parte de su vida a dejar ese legado? En el fondo le encantaban las leyes, elegirlo fue un acierto. Poco a poco conseguiría vencer a su pereza y ponerse a estudiar como es debido. Sería la mejor abogada del país y usaría su fuerza para defender a los más débiles. Iba a ser lo más parecido a los superhéroes que admiraba de pequeña, pero sin tener que ponerse mallas.

Cuando el asombro desapareció se puso a buscar en los estantes. Mientras se tocaba los mechones rubios fue pasando uno a uno el dedo por todos los lomos de los libros hasta que encontró el que le interesaba. Sin abrirlo caminó de regreso a su mesa. Cada vez le pesaba más el cuerpo. Sus pasos fueron ralentizándose. No quería llegar. La pereza la había vuelto a atrapar. Sin embargo, sin saber de donde, sacó fuerzas de flaqueza y se sentó otra vez en su pupitre. Cuando abrió el Código su sorpresa fue mayúscula.

Lo cerró. No sabía qué era lo que había encontrado pero sí que no era normal. ¿Era algo malo? Algo en su interior le decía que no, que tenía que investigar más. Guardó el libro en su mochila y llamó a su novio. Le dijo que tenía que que verle inmediatamente, era urgente.

Inés salió de la biblioteca sin importarle que los sistemas de seguridad saltasen. Al fin y al cabo el libro estaría registrado, o al menos su carcasa, estaba cometiendo una irregularidad, pero ¿qué importaba? Estaba delante de algo importante.

***

El recorrido que normalmente hacía en cuarenta minutos ese día le robó la mitad de tiempo. Inés estaba demasiado emocionada para darse cuenta de todas las señales de tráfico que no estaba respetando. Su cerebro carburaba ante una necesidad imperiosa de descubrir ante qué se encontraba.

Cuando llegó hasta su destino su novio le estaba esperando sentado en un banco. Tenía cara de preocupación. Inés le había sacado de sus clases con una llamada que denotaba un gran nerviosismo. ¿Qué habría pasado? Por ello, cuando descubrió que el único motivo de su visita era que había encontrado un libro «raro», Jaime se enfadó. ¿Por eso le sacaba? ¿Por un trozo de papel? ¿Qué pensaba esta niña?

—Jaime, te lo digo en serio, mira, lee lo que pone, esto no es normal, estamos ante uno de esos misterios que solo aparecen en las películas— le dijo Inés. Ni siquiera las malas caras de su pareja habían logrado rebajar un ápice de excitación.
—Anda, déjame ver…

Inés abrió el libro y se lo mostró. Cuando uno abre un código de leyes espera encontrarse cientos de páginas llenas de artículos, algunos infumables y otros inentendibles. Sin embargo, en este caso no era así. Ni siquiera había… páginas. Parecía que el libro había sido vaciado para crear una especie de recipiente en el que se guardaba algo… ¿un tesoro?

Era como un simple trozo de papel… pero era más antiguo. Escrito a mano. ¿Sería alguna clase de manuscrito? El polvo impedía que pudiesen leer nada. Cuando Jaime se armó de valor y lo sacó tuvieron que soplar con fuerza ambos para poder entender alguna de sus letras.

Ambos profirieron una exclamación, pero por motivos totalmente distintos. Inés mostraba un gran brillo en su mirada, una señal inequívoca de determinación. Puede ser que con la Universidad no estuviese teniendo la disciplina necesaria, pero si había un misterio o una leyenda era necesario destaparlo. Jaime, por su parte, mostraba emociones totalmente
opuestas. La desgana inundó su rostro, pensaba que iba a encontrar algo interesante, pero no era más que la historia que algún chaval aburrido había dejado escondida. «Cómo se aburrían estos abogados…», pensó.

Jaime le dijo que se volvía a clase. Estaban en un momento importante del semestre y se negaba a perderlo por niñerías. Ella aceptó que podría tratarse de alguna clase de broma.Sin embargo, su corazón le decía que estaba delante de algo real. Por mucho que intentó explicárselo no consiguió convencerlo, así que pronto volvió a encontrarse sola en el banco. Después de respirar varias veces volvió a leer el pergamino:

Parece que otra estudiante aburrida ha encontrado de nuevo este pergamino. Qué
coincidencia… yo también estaba estudiando tu asignatura cuando esto ocurrió. ¿Pero sabes qué descubrí? Entendí que los misterios más grandes que encierra la ley no se encuentran en los artículos, sino entre los mismos. Hallé un sitio de apariencia totalmente ordinaria en la biblioteca que muestra su magia en las noches de Luna llena… lástima que no haya nadie nunca en la sala para verlo, ¿verdad?

Esos días, a media noche, si alguien llama con los instrumentos adecuados, el portal hacia el conocimiento y sabiduría se abre, la puerta hacia un mundo totalmente desconocido para el ojo de los humanos corrientes aparece ante los más osados y curiosos estudiantes porque… ¿quién es mejor estudiante que aquel que siempre quiere descubrir algo más?

Si quieres saber de qué te hablo acércate la próxima luna llena con dos velas a la zona situada bajo la escalera de caracol. Allí encontrarás una estantería cuya madera es más antigua que la del resto. Grita fuerte: «usucapión» tres veces y la puerta se abrirá…

Date prisa, no faltan más de unas pocas horas para que eso ocurra.

Inés no se lo pensó. Volvió a subirse al coche y fue rápidamente a su casa. Al ser miércoles tenía la excusa perfecta para volver a salir al caer el sol, iba a cenar con Jaime, a pesar de que a este le había dicho que necesitaba recuperar todo el tiempo que había malgasto con sus niñerías para estudiar el examen del día siguiente. Le mintió. Por primera vez había engañado a la persona que desde hacía mucho tiempo la había cuidado, y todo por una intuición. Se prometió a sí misma que nunca más lo volvería a hacer, pero es que ahora no era ella la que tomaba las decisiones.

***

Entrar a la Universidad no resultó tan fácil como había imaginado. Por la noche las entradas se cerraban con llave. Tuvo que aparcar en la rotonda de fuera y entrar a pie. El camino no fue corto, pero su mente la distrajo haciendo cábalas de todo lo que podía suceder. Se imaginaba como uno de los magos que admiraba de pequeña. ¿Y si de verdad existía otro mundo?

Entonces se detuvo. ¿Qué estaba haciendo? Estaba colándose en un lugar de noche, a escondidas, por nada más grande que el capricho de una niña que estaba cansada de estudiar y que buscaba desesperadamente una aventura. Incluso había llegado a mentir a Jaime… ¿Por qué estaba actuando de ese modo? No le pegaba, esta no era ella.

Sacó el teléfono de su bolsillo y escribió a su novio. «Te echo de menos». Al menos que una ola de verdad se moviese en ese basto océano de mentiras que estaba construyendo. Ojalá estuviera en este momento con ella y la ayudara a orientarse hacia sí misma. Por un instante pasó por su cabeza la idea de regresar, pero ese pensamiento duró poco. Había llegado demasiado lejos, no quería que fuese en vano. Si no continuaba iba a estar preguntándose toda la vida qué hubiese encontrado y no es algo con lo que pudiera lidiar pasando tanto tiempo en esa sala.

Por suerte, entrar a la facultad fue más sencillo que el hacerlo en la Universidad. Las dos primeras puertas estaban cerradas con llave, pero la tercera cedió con un suave empujón.

No era raro que en un edificio con tantas entradas alguna vez se dejasen una sin cerrar. Uno de los elementos que estaban reparando de la biblioteca era la puerta, por lo que hasta que no terminasen su trabajo esta no podría cerrarse.

Entró con cuidado y en silencio. Una tontería porque no había nadie más, pero es que una sensación de tensión estaba empezando a embriagarla. Casi de puntillas, haciendo el menor ruido posible llegó al sitio descrito por la antigua escritura. Lo posó en el suelo y sacó las dos velas. Antes de encenderlas respiró y miró alrededor. Estaba sola, eso era seguro. Sacó el mechero e intentó encenderlas. Al principio erró, no se había dado cuenta de lo nerviosa que estaba hasta que se fijó en como le temblaban las manos. Tras inhalar aire profundamente finalmente consiguió que la llama naciese.

Sujetando las dos manos profirió el grito que estaba marcado en el texto. «Usucapión, usucapión, usucapión». La tercera vez su voz resonó distinta, profunda, como si hubiese retumbado en un enorme cuerpo con el que no contaba. Las letras del pergamino se iluminaron de color verde y poco a poco fueron desapareciendo. Sus sentimientos eran una mezcla de miedo y emoción. No pudo dejar de mirar el papel hasta que el punto y final se había consumido. Entonces miró hacia delante y el terror la apresó.

A la altura de sus ojos se encontró con una especie de fantasma. Aunque no podía creerse lo que tenía delante no tardó mucho en identificarlo. Su piel era de un color tan tenue que se vislumbraba a través de ella. Ninguna parte de su cuerpo tocaba el suelo, parecía que estaba levitando. Parecía no, lo hacía. Lo único que estaba en contacto con la superficie eran dos pesadas cadenas que bajaban de su espalda y se perdían traspasando la pared.

Se asustó. Ya había jugado demasiado con las fuerzas sobrenaturales. Inés intentó darse la vuelta y correr, pero entonces descubrió, aterrorizada, que no podía controlar sus extremidades inferiores. Una especie de grilletes habían aparecido en torno a sus blancos tobillos y la atrapaban ante la atenta mirada de la aparición.

Esta esbozó una especie de sonrisa y comenzó hablar.
—Por fin, tras tanto tiempo, un alumno ha sido tan tonto de caer en la misma prueba terrorífica con la que a mí me atraparon. Llevo muchos años rondando por el mundo de los espíritus. Sin poder salir, sin poder sentir. ¿Sabes qué es no sentir miedo pero tampoco felicidad? ¿No poder recordar cómo el aire circulaba por mis pulmones? Tú no sabes nada, solo eres otra niña de papá que está demasiado aburrida para recompensar la inversión que sus progenitores están haciendo con ella. Otra como yo, que prefiere pasear por la biblioteca que estudiar lo que toca. Te aburriría más, pero estas son las reglas. Te voy a hacer una pregunta sobre la materia que estabas estudiando. Si la aciertas podrás irte de aquí y me condenarás al más terrible sufrimiento para toda la eternidad… Si fallas ocuparás mi lugar como guardián de la puerta, y solo te liberarás si aparece alguien tan insensato como tú.

—¿No hablas? — continuó la aparición ante el silencio de Inés —. Está bien. Aquí va la pregunta…

Ni siquiera la entendió, Inés estaba bloqueada. Sus sentidos se habían cerrado sobre sí mismos impidiendo que procesase cualquier información externa… y mucho menos una respuesta. El miedo había calado en su ser. Estaba perdida. Su mente no podía soportar tanta presión. Cerró los ojos y rezó porque todo lo que tenía delante fuese un sueño, una pesadilla.

Sin embargo, cuando volvió a abrirlos se encontró levitando, encadenada a una pared que daba a una especie de ventana a través de la cual podía ver a todos los estudiantes trabajando. Pero no era una ventana, era la puerta por la que había entrado y desde ella pudo ver como, día tras día, Jaime acudía a esa sala intentando descubrir qué le había ocurrido. La lágrima que derramó fue el último vestigio de humanidad que le quedaba por expulsar. A partir de entonces, solo se dedicó a observar cual centinela en el que se había convertido.

Cuando miró alrededor encontró las dos velas que la habían acompañado. Entonces lo supo, estas no eran más que el tiempo que tenía para intentar salvarse de la tortura eterna. Un reloj de arena del infierno.

Habría sentido miedo, pero ya no era capaz ni de notar el aire que respiraba.

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Un comentario el “3º relato breve: el manuscrito de la biblioteca

  1. Pingback: Más que un blogger literario: entrevista a Carmelo Beltrán | Relatos en la Isla Tintero

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Esta entrada fue publicada en diciembre 30, 2015 por en escribir, primera edición, relato breve y etiquetada con , , .

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