Relatos en la Isla Tintero

Isla Tintero es el lugar donde cualquiera que haya sentido alguna vez la llamada de las palabras debe parar al menos una vez en la vida.

5º relato breve: la traición

LA TRAICIÓN  (de Victoria Peña)

Triunfo era una cabra tranquila. A su dueño, el señor Román, le había caído bien desde que el veterinario la posó siendo una cría en sus brazos. De pelaje marrón con manchas blancas, había nacido con una característica que la diferenciaba del resto: tenía la cola bífida, partida en dos. Parecía una cola de pez. Además de esa peculiaridad, era mansa, no se metía en líos, y no discutía con nadie. Quizás era todo lo que se le podía pedir a una cabra: no se dañaba los cuernos y producía grandes cantidades de leche. El señor Román sabía que le iba a costar deshacerse de ella cuando llegara el momento.

Aquel pastor de pueblo, con la camisa desabotonada desde los años sesenta, enseñando una pelusilla de pelo blanco, una boina en la cabeza con olor a viejo y el ceño fruncido de pasar tantas horas bajo la penetrante luz del sol, no solo se encargaba del cuidado de las cabras del pueblo, sino también de las ovejas. Y sabía dentro de su ser que si hubiera habido alguna vez vacas en aquel pueblo, también se habría llevado bien con ellas, y con sus dueños, claro está. Siempre pensaba que su hijo había sido un imbécil cuando marchó a la ciudad a estudiar, la construcción le daría mucho dinero, eso sí, pero también se lo quitaría, y tuvo que regresar al pueblo, con su segunda esposa y el hijo de esta, y en el campo no le contrataban, porque claro, era tan imbécil que no sabía en realidad hacer nada. Román, en cambio, sabía que el monte, y sus animales, no le fallarían.

De modo que era así como estaban las cosas por aquel entonces, Triunfo ramoneaba unas hojas tiernas que había encontrado y Román pensaba en su hijo, y en el hijastro de este, a quien en la escuela los otros niños habían comenzado a llamar Hormigón.

<<¿Dónde se habrá metido ese niño?>> se preguntaba el viejo pastor. A ese diablillo le encantaba incordiar a todo el mundo, sobre todo a él y a sus animales. Recordaba perfectamente cómo el segundo día tras su llegada al pueblo, le pareció muy divertido tirarle un petardo a Xuxo, el perro pastor, y dañarle una pata.

<<Míralo, ahí viene>> Se advirtió para sí cuando vio llegar al crío con sus ricillos rubios ondeando al viento. Aquel día le faltaba algo, ¡ah, sí! El señor Román sabía lo que era, le faltaba la sonrisa mezquina, ¿dónde se la habría dejado?

-¡Hola, abuelo!- dijo el niño. Ambos sabían que el señor Román no era abuelo de nadie, pero Hormigón debía llamarlo así por orden de su padrastro. Se acercó al pastor esquivando a un carnero que se había acercado a olisquearlo.

-¿No deberías estar en la escuela, muchacho?- preguntó el hombre, apoyando la barbilla sobre su vara.

-El profesor no ha venido, y en casa me aburro.- se explicó Hormigón, alcanzando al señor Román y sentándose a su lado, apoyado en unas rocas.

-¿Y crees que un viejo como yo no te va a aburrir?-el niño no respondió. Se rascaba la barbilla y miraba al frente, como si estuviese reflexionando sobre algo. Finalmente, miró al señor Román y le preguntó:

-¿Es cierto que las cabras y las ovejas primero comen, luego vomitan lo que han comido, y se lo vuelven a tragar?-la admiración con que hacía esa pregunta hizo que el señor Román se riera con una carcajada sonora, seguida de un par de toses.

-¿Dónde has oído eso?-quiso saber el viejo, antes de aclarar su pregunta.

-Me lo han dicho en el colegio.

-¡Claro, el colegio! Pues sí, es cierto. Estos animales se llaman rumiantes, porque rumian, hijo. Primero comen, y luego echan la comida para masticarla mejor. Mira, ¿ves esa cabra de ahí?- y señaló a su querida Triunfo- está rumiando ahora.

-Pues vaya asco, abuelo.

Al señor Román no le parecía para nada asqueroso. Era lo natural, de hecho, le maravillaba la idea de que algunos mamíferos tuvieran más de un estómago…¡seguro que muchas de esas pesadas digestiones de los días de fiesta se arreglarían con una tripa de más!

-¿Puedo tocarla?- pregutó Hormigón interrumpiendo los pensamientos del pastor.

-Cuando termine. -El niño se cruzó de brazos y observó el rebaño. Vio como el carnero que le había tratado de olisquear antes, un grandísimo animal de color crema, con unos cuernos que se retorcían dando casi dos vueltas, se sentaba al lado de la cabra Triunfo, parecían amigos.

-¿No se pelean las cabras y las ovejas?- preguntó, al observar esa extraña muestra de amistad.
-No mucho, lo que pasa es que aquí son todas muy buenas, muy tranquilas. Sólo hay alguna pelea entre machos, sobre todo antes de que las hembras estén en celo.

-¿Y eso del celo qué es? ¿Como el de casa? ¿Ese que sirve para pegar cosas?- El viejo volvió a reír con otra sonora carcajada, y esta vez se ruborizó un poco.

-¿No te lo han explicado en la escuela?- Dijo, agitado todavía un poco por la risa.

-No- contestó el niño enfadado, pensando que el pastor se estaba riendo de él.

-Pues ya te lo contarán, no te preocupes.

El niño se levantó de las rocas, algo ofendido, sin entender porqué su abuelo se burlaba de él. Se dirigió hacia Triunfo y le acarició la cabeza, entre los dos cuernos. El animal se dejó hacer. El carnero, agazapado al lado de Triunfo, no apartaba la vista del niño.

-¿La querrás ordeñar algún día?- gritó el señor Román. Hormigón apartó la vista de la cabra para mirar al pastor, con las mejillas sonrosadas.

-No…-titubeó-No quiero.

De repente, el carnero se incorporó y comenzó a moverse de un lado para otro, movía la cabeza con sus pasos, como si estuviera tratando de quitarse un bicho molesto de encima.

-Sal de ahí, Ario se está poniendo nervioso. Ven aquí. -Ordenó el señor Román a Hormigón. El niño obedeció con rapidez pues, a decir verdad, no le generaban ningún tipo de confianza aquellos cuernos tan grandes.

Hasta que Hormigón no alcanzó al pastor, el borrego no dejó de moverse, parecía proteger a la cabra. Hormigón decidió volver a casa y el señor Román no lo volvería a ver en todo el día. Ario le había dado mucho miedo.

Durante los días siguientes Hormigón visitaba al pastor mucho más frecuentemente. Al salir de la escuela llegaba corriendo, muy acalorado y con la respiración entrecortada, a los prados donde estaba el señor Román, dejaba su mochila a los pies y se iba a jugar con las ovejas y las cabras. El señor Román llegaba a pensar que quizás el crío no era tan malo, después de todo. Aunque no fuese nada suyo, podría ser un buen pastor.

Sólo había algo que parecía entorpecer las cosas, y era la actitud del carnero Ario hacia Hormigón, y ante la extraña relación que había nacido entre el niño y su compañera Triunfo. El pastor había visto pelearse a Ario con otros borregos muchas veces, y sabía que antes de hacer chocar sus cuernos contra otros, se movía de un lado para otro, nervioso, como un boxeador que da saltitos en el ring. Temía que Ario cualquier día embistiera al niño. Por un lado, no quería responder ante su hijo y la esposa de éste si a Hormigón le pasaba algo. Por otro lado, verdaderamente se estaba empezando a encariñar con el chico, y no quería que ningún animal le hiciese daño. Además, si Hormigón no estaba presente, Ario no se separaba nunca de Triunfo. ¿Estaría celoso, tal vez? ¿Le estaría advirtiendo que aquel niño que le tiró petardos al perro pastor no era una buena compañía?

El señor Román no era capaz ni siquiera de imaginar que la actitud protectora de Ario hacia Triunfo estaba muy acertada. No era capaz de imaginar qué era lo que hacia su medio nieto por las tardes, encerrado en su habitación. No era capaz de imaginar para qué quería un crío maderas, cuerdas y plumas de pato. Así que, llegado el momento, tampoco fue capaz de imaginar para qué se había presentado Hormigón una fría mañana de noviembre en las montañas, escondiendo algo en las espaldas.

Cuando comenzaba a hacer frío, la esposa del señor Román le obligaba a llevar muchas más capas de ropa de lo normal y le colocaba una bufanda de lana alrededor del cuello antes de salir de casa.

Al principio él se negaba, pero un año estuvo a punto de irse al otro barrio por una neumonía, y desde entonces, no se separaba de la bufanda de noviembre a mayo, casi ni para estar dentro de casa. Aquel día de noviembre hacía frío, pero no había ninguna nube en el cielo. El sol brillaba y el señor Román aprovechaba los últimos momentos para ir a pastar, pues en cuanto empezara a nevar, no podría sacar a los animales. Apoyado en sus rocas de siempre, con la bufanda cubriéndole también la boca, y el sol calentando su nariz y sus párpados, no pudo evitar quedarse dormido unos minutillos.

Hormigón apareció de repente, y miró varias veces hacia el pastor para comprobar que verdaderamente estaba dormido. Triunfo vio al niño desde la distancia y comenzó a correr hacia él. Ario también lo había visto. La cabra con cola bífida se dirigía a él despreocupada, sin importarle que el niño sacara un extraño aparato de su espalda, sin comprender que la estaba apuntando con ese aparato.

La flecha cruzó el aire a toda velocidad. Nada, ningún objeto ni ningún animal, se interpuso entre la flecha y las tripas de Triunfo. La punta entró limpiamente en los intestinos del animal, que detuvo su carrera en seco. Comprendió lo que había pasado mientras sus patitas flaqueaban y la dejaban caer al suelo. Triunfo baló de dolor, notaba cómo se le removían las entrañas ahí donde la flecha la había alcanzado. Ario se abalanzó de repente contra Hormigón, clavando sus pezuñas en el anorak del niño con tanta fuerza que lo tiró al suelo, mientras, el resto de las cabras y de las ovejas se alteraban, y balaban también para acompañar a Triunfo en su dolor. Con semejante escándalo, el señor Román salió de su letargo, y tardó en comprender unos segundos qué era lo que pasaba.

Primero vio a Ario embistiendo a Hormigón con los cuernos, lanzándolo por los aires como si fuera un muñeco. El pastor corrió a separar al carnero del niño mientras éste caía al suelo de nuevo. Los cuernos no le habían hecho daño pero sí le habían rasgado el anorak. Se levantó como pudo y, con el arco todavía en la mano, salió corriendo ladera abajo, riéndose en voz alta con aquella risa maléfica. Ario no lo persiguió, sino que regresó al lado de Triunfo.

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Esta entrada fue publicada en diciembre 30, 2015 por en escribir, primera edición, relato breve y etiquetada con , .

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