Relatos en la Isla Tintero

Isla Tintero es el lugar donde cualquiera que haya sentido alguna vez la llamada de las palabras debe parar al menos una vez en la vida.

6º relato breve: vagando entre tormentas

VAGANDO ENTRE TORMENTAS (de Marta Rodríguez)

Pasaba los días entre folios en blanco y lápices sin estrenar; y el tiempo pasaba a su vez sin que yo apenas me diera cuenta. Me sentaba horas y horas inmóvil a la espera de una idea que nunca llegaba. Los pequeños descansos de mi lenta guardia consistían en un chocolate caliente de vez en cuando con galletas de canela y en mirar por la ventana los días en los que llovía. Esos eran los únicos placeres que me permitía. El resto del tiempo aguardaba como un depredador al acecho esperando que alguna idea despistada se me acercase lo suficiente como para atraparla y hacerla mía. El problema era que en todo el tiempo que llevaba esperando solo había visto un par de ideas y eran todas demasiado listas y estaban demasiado lejos como para dejarse atrapar.

Excepto pequeñas pausas intermitentes que hacía para comer y dormir tenía siempre un lápiz bien afilado en la mano y un folio cerca preparada por si venía alguna idea sin avisar. Alguien me había dicho en un tiempo que ya apenas recordaba que si te esforzabas lo suficiente en algo siempre daba resultado, que el universo recompensaba a todo aquel que salía de la apatía general reinante en aquella época y te premiaba con una oportunidad para conseguir aquello que ansiabas. Mi oportunidad llegó un día a altas horas de la madrugada.

Era una noche de tormenta y como cada vez que llovía yo había dejado mi lápiz a un lado y llevaba horas observando caer la lluvia sin pensar en nada, simplemente disfrutando del espectáculo que me ofrecía la tormenta y que a mí me parecía mejor que cualquier otro entretenimiento. Me había preparado un chocolate que estaba ya terminado, pero todavía me quedaban galletas de canela que mordisqueaba eventualmente. No quería levantarme a preparar más porque no quería perderme ni un momento de la tormenta.

Aunque era muy de noche, la luna estaba casi llena y se filtraba luz suficiente por entre las oscuras nubes como para intuir gran parte del paisaje. Fue gracias a esa escasa luz lo que me permitió distinguir a la pequeña idea entre toda la lluvia y la oscuridad. Parecía perdida y el agua la hacía más lenta, flotaba en círculos buscando algo, tal vez el lugar de donde procedía o el lugar a donde tenía que ir.

Aunque pequeña, parecía fuerte y palpitaba con determinación. Aquella era sin duda la oportunidad que estaba esperando y sin hacerme de rogar cogí mi lápiz y acerqué mis folios preparada por si la atrapaba. Con movimientos lentos para no espantar a la idea, abrí la ventana y la intenté atraer con música. En cuanto empecé a cantar la idea reaccionó y se volvió más animada y más brillante. Probé con varias melodías hasta que di con una que pareció gustarle y poco a poco se fue acercando a mí atraída por el sonido. En cuanto la tuve suficiente cerca, alargué rápidamente el brazo y la atrapé con mi lápiz. Mientras estaba todavía aturdida deposité el lápiz sobre el folio y cuando reaccionó e intentó escapar solo pudo hacerlo en forma de letras que poblaban el papel.

Era más fuerte de lo que me había parecido en un principio y luchaba con fuerza, pero yo llevaba mucho tiempo esperando esto y pude controlarla y hacer que ninguna palabra se escapase y volase fuera del papel. También había resultado ser bastante grande y completé gran cantidad de folios antes de que la idea se calmase y me permitiese escribir con más calma, ya agotada de luchar contra mí. Así fue perdiendo todo lo que la idea tenía para ofrecerme y tras escribir el punto final en mi último folio la dejé ir.

Cuando se marchó parecía triste, derrotada y mucho más perdida y pequeña que cuando la encontré. Era ya de día aunque yo no estaba segurade si habían pasado una noche, dos, o treinta. Me dio pena la pobre idea, pero no duró mucho porque al fin y al cabo yo había conseguido lo que quería. Aunque yo también estaba cansada, me permití observar la pila de folios escritos que tenía delante de mí. Había un gran montón y pensé que por fin había conseguido escribir una gran historia. Sin embargo, en cuanto empecé a leer los primeros folios me di cuenta de que no era esto lo que yo buscaba. Era una historia buena, muy buena, pero no era una historia para mostrar a la gente. Tenía un fondo oscuro y terrible, algo que mostraba lo más profundamente enterrado del ser humano. Ni siquiera era una historia para mí. Comprendí entonces que la idea que había atrapado no era una idea errante, era una idea ajena y yo la había robado. Por eso la historia que había escrito me parecía tan obscena, porque simplemente no me pertenecía. Aliviada por haber descubierto qué es lo que andaba mal, cogí todos los folios escritos y los arrojé por la ventana. El viento los acunó y se los llevó lejos hasta que ya no pude distinguirlos mientras deseaba que ojalá la idea perdida los recuperase y que encontrase el sitio a donde pertenecía para volver a contar esa historia, esta vez de forma voluntaria y a las personas a las que pertenecía.

Resignada, me senté otra vez con un lápiz recién estrenado y saqué nuevos folios en blanco. “Ya basta de intentar cazar ideas ajenas”, me dije. Esta vez intentaría encontrar mis propias ideas y escribir una historia que me perteneciese y que pudiese mostrar.

Tras un tiempo pensando, comencé a escribir.

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Esta entrada fue publicada en diciembre 30, 2015 por en escribir, primera edición, relato breve y etiquetada con , , .

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