Relatos en la Isla Tintero

Isla Tintero es el lugar donde cualquiera que haya sentido alguna vez la llamada de las palabras debe parar al menos una vez en la vida.

1º relato breve: paladín de la destrucción

PALADÍN DE LA DESTRUCCIÓN (de Asier Gámiz)

Los gritos se mezclaban con el entrechocar del acero en una cruenta melodía. Cada toque metálico de arma contra arma o arma contra armadura creaba una base de fondo que marcaba el ritmo del concierto. El tétrico sonido que producía el acero al hender la carne lograba dar los toques que producirían los instrumentos bajos. Los ocasionales gritos de agonía de los heridos y moribundos rompían el constante ritmo de la canción. Sin embargo, entre todos los músicos participantes en aquella sinfonía, había uno que se destacaba como virtuoso. Tal era su habilidad que podría clasificársele como el solista del concierto. Por encima del monótono piano de todos los hombres que allí combatían, Calumn marcaba un ritmo allegro, rápido y animado, que ningún otro hombre podía igualar. Su espada era instrumento y batuta.

Calumn no se paraba a preparar guardias o fintar estocadas. Se limitaba a moverse como si su espada fuese una extensión de sí mismo. Así le habían adiestrado, así combatía él. Si el oponente atacaba con un golpe lateral arriba, él adoptaba postura baja mientras deslizaba la espada por las costillas del rival. Si el enemigo le lanzaba una estocada, Calumn se limitaba a girar noventa grados sobre un pie para esquivar el arma mientras él lanzaba su propia estocada. punto y contra punto. Ésa era su música, ése era su baile.

Paró con un golpe en diagonal el hacha del nuevo oponente cuando se dirigía a su cara y, en el siguiente movimiento fluido, realizó un giro completo sobre el pie izquierdo mientras sujetaba su espada de forma invertida con la mano derecha. Al completar el giro, su espada se deslizó por las costillas del adversario entrando por su espalda. No había muerto su enemigo, cuando otro se abalanzaba sobre Calumn lanzándole un golpe lateral al cuello con su espada corta. Calumn echó su peso hacia delante, arrancando la espada de su anterior rival e hincando una rodilla en el suelo. Para cuando el nuevo enemigo se dio cuenta de su error, la espada de Calumn ya le estaba rajando el vientre.

Se tomó unos instantes para evaluar la lucha que estaba teniendo lugar en aquel salón del trono. Todo parecía indicar que sus hombres estaban logrando la victoria. Pero claro, a aquel grupo los había adiestrado él mismo. La victoria era el único resultado posible. Prácticamente habían exterminado a los hombres que quedaban en la sala del trono, sin tener más de una o dos bajas propias. <<Aunque también es verdad que estos tipos parecen chimpancés manejando palos>> pensó Calumn de forma condescendiente.

Subiendo la pequeña escalinata situada en el lado opuesto a la entrada principal se ubicaba la tarima del trono. Lo que antes era una tarima elevada de mármol blanco donde el rey escuchaba a los peticionarios, ahora estaba cubierto de esculturas y tallas de ébano con temática demoníaca. Parecía como si el trono estuviese custodiado por bestias infernales que observaran fijamente a todo aquel que se acercase al trono.

El trono, ahí estaba el intríngulis de toda aquella carnicería. La regia silla. El sillón en el cual todos quería posar su culo, y por ello se mataban unos a otros. Y ni siquiera era bonito. Al igual que sus inmóviles y abominables centinelas, el trono estaba tallado en ébano. <<Cómo le gusta dárselas de señor malvado a este imbécil>> pensó Calumn con un bufido. Dicho trono era demasiado ostentoso, con el espaldar el doble de alto que un hombre y con forma de alas de dragón, y los brazos acabados en garras.

Un grito le alertó de que un nuevo enemigo cargaba hacia él. Bloqueo del tajo que venía desde arriba, giro con zancadilla para hacer caer al rival y estocada directa al corazón. <<Idiota, además de ser inútiles ,gritan para avisar de que vienen>>. Tras este pensamiento, Calumn decidió dejar de comportarse como un diseñador de interiores y devolver su mente a la lucha que estaba teniendo lugar. Aunque no fuese a durar mucho.

Parada, tajo, siguiente. Esquivar, agacharse, ensartar. Desarmar, ponerle de rodillas, degollar. El concierto continuaba a su alrededor, y un luchador tan diestro como Calumn distinguía el crescendo que se iba abriendo camino poco a poco, como indicando que la canción estaba cerca de su fin.
En estas reflexiones mantenía su cabeza ocupada Calumn que casi se puso a aplaudir cuando de repente la música cesó, dando paso a una ola de gritos y exclamaciones de victoria.

Victoria. Después de todos estos meses… Sin embargo sabía que solo era una victoria parcial. Habían derrotado al ejército del Señor Demonio Velfhael, pero no al demonio en sí. Eso era algo de lo que debería encargarse Calumn. Aunque no lo sabía con seguridad, Calumn sospechaba que Velfhael se escondía en algún lugar del castillo, recuperándose del combate que habían librado los dos en el campo de batalla fuera de la capital.

Debía buscarlo, encontrarlo y matarlo. Y debía hacerlo solo.

Mientras sus hombres lo aclamaban, Calumn caminó hacia el trono felicitando a todos y deteniéndose de vez en cuando para ensalzar la participación de este o aquel en la lucha. Al llegar a la tarima, destrozó un par de las esculturas guardianas del trono sin miramiento alguno y se giró hacia sus hombres.
-Lo hemos conseguido. – dijo. – Hemos conseguido tomar la capital y ahora el reino entero se inclinará ante nosotros. Tantas discusiones diplomáticas entre hombrecillos que parecen niños peleando por un juguete. Luego dirán que la guerra es el último recurso al que hay que recurrir. Con acero y hombres decididos, así lo hemos conseguido. Sabéis que no soy de discursos. Disfrutad ahora del botín: oro, cerveza y mujeres. Coged lo que os dé la gana. Si me disculpáis, voy a visitar a mi queridísimo padre.

Y sin añadir nada más, Calumn se volvió y caminó hasta uno de los tapices, detrás del cual sabía que se escondía un pasadizo. Envainó su espada a la espalda y arrancó el tapiz de la pared. Ante el solo estaba las losas que cubrían la pared. <<Genial, el estúpido que ha decorado la sala no ha tenido el detalle de pensar en los espías y asesinos que quieran utilizar los pasadizos>> pensó Calumn con hastío. <<Encima se habrán gastado un dineral e estas losas de diseño solo para tapiarlo>>.

Sacudió la cabeza y se relajó. Una vez su mente estuvo despejada, invocó su poder, el cual se manifestó en forma de aureola o neblina negra alrededor suyo, rodeando todo su cuerpo. Esta parte siempre le había gustado, le hacía sentirse como un dios. Cualquier cosa estaba a su alcance, podía hacer prácticamente todo lo que quisiera. Cerró el puño derecho y golpeó la sólida pared. En lugar de destrozarse la mano contra las duras losas, un puño formado por energía oscura, el triple del tamaño normal, salió disparado destrozando la pared. Calumn atravesó la difuminada nube de polvillo que había dejado la pared derribada, y se adentró por el hueco.

No había ninguna luz que iluminase el angosto pasadizo, pero a él no le hacía falta ninguna luz. La oscuridad daba la bienvenida a sus ojos y le revelaba todos sus secretos. A unos diez metros, el pasadizo torcía a la izquierda y, si sus recuerdos no le traicionaban, encontraría una escalera hacia arriba, a los aposentos de la familia real. <<Mira por dónde, en este pasillo no han hecho reformas. Sigue el mismo ladrillo gris horrible>>. Otra vez haciendo comentarios inútiles…mejor seguir hacia delante.

La escalera ascendía por el interior de una de las paredes del palacio hasta alcanzar la quinta planta. Mientras subía peldaño a peldaño, Calumn daba vueltas en su cabeza, tratando de hallar la forma de derrotar definitivamente a Velfhael. Por mucho que los hombre hubiesen vitoreado en el exterior de la ciudad, Calumn no tenía ni idea de cómo había conseguido hacer que el señor demoniaco se retirase. En ningún momento había pensado que lo logrado en ese momento hubiese sido una victoria. De hecho, Calumn estaba convencido de que se debía más a la imprudencia de su padre que a su propia habilidad. Velfhael había desatado una tormenta de energía mágica, destinada a aniquilar a Calumn y su ejército, que no había podido controlar, y había acabado estallándole en las narices. Si no llega a ser por ese exceso de confianza, Calumn estaba seguro de que habrían muerto a las puertas de la ciudad. <<Puede llegar a ser un arrogante capullo, pero con razón>> se dijo. No, el duelo mágico no parecía la mejor opción.

Tendría que ser la espada pues, la que decidiese el destino.

Tras unos cinco minutos de ascenso, Calumn llegó a la planta donde estaban ubicados los aposentos reales. En esta ocasión, el pasadizo no había sido tapiado, sino que seguía oculto por otro tapiz. Con antinatural sigilo, Calumn apartó el tapiz lo justo para dejar una rendija por la que observar el salón. Nadie.

El salón estaba únicamente ocupado por tres cabezas de jabalí disecadas. Las cuatro puertas laterales, dos a cada lado, permanecía cerradas. Dichas puertas proporcionaban el acceso a las cámaras de los infantes, el servicio personal de la familia real y otro pasillo que daba a la escalera principal. Justo en el lado opuesto al tapiz desde el que observaba Calumn, se encontraba una puerta de doble hoja, de roble, que daba acceso a una antecámara, y ésta a su vez a la habitación del rey.

Avanzó con cautela fuera del pasadizo, y prosiguió adelante por el salón, mirando hacia todos los lados. Sentía algo. No sabría explicar el qué, pero algo le hacía sospechar. Y había aprendido a hacer caso a esas sensaciones.

Extendió su poder (siempre le había gustado considerar que lo extendía) por todas las habitaciones contiguas que daban al salón y examinó su interior. Ahí estaba, la causa de su escepticismo. En un movimiento fluido, Calumn desenvainó su espada y adoptó una posición de combate.
-Como os habéis perdido la fiesta del salón, se me ha ocurrido la idea de traeros parte de la diversión. – comentó Calumn como quién habla del tiempo. – Venid aquí y bailemos, princesitas.

Tres de las cinco puertas se abrieron de golpe, y por ellas entraron al salón tres figuras robustas y encapuchadas. De las tres capuchas salía una respiración sibilante. Las tres figuras sostenían espadas curvas en una mano, e iban ataviadas con armaduras negras de piel y capas del mismo color. Lo cierto es que imponían. Calumn enseguida supo de quienes se trataban. Guardias Megho. La élite de la élite. Hombres que habían destacado por su habilidad y ferocidad en el combate, convertidos en algo más al ser poseídos por demonios menores. No había hombre normal capaz de sobrevivirles. Pero Calumn no era un hombre normal. En honor a la verdad, ni siquiera era humano.

Los tres guardias atacaron a la vez sin casi darle tiempo a Calumn a reaccionar. Giró sobre sí mismo para esquivar los dos golpes provenientes de su derecha, interponiendo su espada por su espalda con la del enemigo a su izquierda. Ahora tenía a los tres delante, formando una barrera infranqueable. Retrocedió parando golpes y desviando estocadas. Cada vez eran más rápidos los guardias en sus ataques. Calumn decidió cambiar las reglas del juego.

Extendió su mano izquierda, formando un brazo fantasmal hacia el guardia del centro. Lo agarró del cuello y tiró hacia él para atraerlo a la punta de su espada. En el preciso momento en el que dicho guardia se preparaba para desviar la espada de Calumn, éste saltó en el aire y, dando una voltereta, se situó detrás, sorprendiendo a todos los enemigos. Manteniendo una posición baja, lanzó un tajo a su derecha, cortando la pierna del guardia que ahí se encontraba. Mientras ésta caía, y sin perder ni un instante, Calumn se levantó para acometer al guardia a su izquierda. Éste ya estaba preparado para seguir luchando, lanzando tajos y estocadas a Calumn. Una vez más, formó una mano fantasmal que agarró al anterior guardia, el cual ya se había recuperado, y tiró de él para interponerlo entre su oponente y él. El enemigo no frenó a tiempo su tajo, y hundió su espada en el guardia (que ya empezaba a hartarse de que le mandasen de un lado para otro). Aprovechando la confusión, Calumn concentró energía oscura y la expandió violentamente, lanzando muebles y enemigos por toda la habitación.

Con velocidad antinatural, Calumn se lanzó sobre el guardia que aún no estaba herido y lo decapitó de un poderoso tajo. Después se giró y estocó en el corazón al que le había amputado la pierna. Más tranquilo, levantó con un brazo fantasmal al guardia a quien había herido su compañero y lo empotró contra la pared, para después acercarse y hundirle su propia hoja en el vientre, hasta que dejó de moverse. Calumn desclavó su espada, haciendo que el cadáver del guardia cayese al suelo, y la limpió con un trozo de capa del guardia.

Con parsimonia, se encaminó a la habitación principal.

<<¿Para qué llamar a la puerta?>>. Más que derribar, Calumn reventó las reforzadas puertas de la antecámara, haciendo saltar por los aires un montón de astillas y fragmentos metálicos. Caminó hacia la habitación magna, hacia su padre, sin detenerse a contemplar el destrozo que acababa de causar.

Allí estaba Velfhael, Señor de los Demonios. El ser más poderoso y malvado que había hollado el mundo. Tendido en un sillón, ligeramente ladeado y contemplando la ciudad medio en llamas siendo saqueada, y allende las murallas, la devastación que había causado el enfrentamiento con su hijo. Allí estaba, en apariencia derrotado.

– Has causado más muerte y destrucción tú mismo que mi larga guerra con los señores de esta tierra. ¿Lo sabías?. – comentó Velfhael con tono de diversión, pero con voz quebrada.
– ¿Y me lo recriminas tú, oh Señor de los Demonios?. – le reprochó Calumn con fuerte sarcasmo. – Empezaste esta guerra y ahora me recriminas que vaya a acabarla, padre. – Calumn dio más fuerza a la última palabra, remarcándola. – Tú eres el Paladín de la Destrucción. Matándote, terminaré con esto y gobernaré tranquilo de una maldita vez.

Calumn estaba harto de todo, así que decidió acabar ya. Apoyó su espada en el pecho de su padre, mientras este se reía entre toses, y comenzó a hundirla poco a poco, disfrutando del momento.

– Nunca has entendido nada, estás cegado por tu ego. – Velfhael se estaba ahogando en su propia sangre, pero seguía hablando y riéndose. – No empecé esta guerra por sed de poder ni ambición, la comencé por ti. Tumbé la primera ficha de un vasto dominó que siempre estuvo definido para ti. Combatiéndome, has arrasado medio mundo, y el caos que vendrá ahora arrasará la otra mitad. – Velfhael tomó aire entre jadeos – Tú eres el Paladín de la Destrucción.

La espada de Calumn se había hundido hasta la cruz, atravesando el corazón del gran señor.

Calumn se sentó en el sillón contiguo, haciendo compañía al cadáver de su padre. Miró por el ventanal y contempló la ciudad en llamas, la llanura devastada de más allá, escuchó los gritos de la gente y los sonidos residuales de la batalla. Contempló la incomparable destrucción que había causado.

Solo sentía cansancio.

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2 comentarios el “1º relato breve: paladín de la destrucción

  1. Lily Tempeltom
    diciembre 31, 2015

    Y la canción llegó a su fin. Excelente relato.

    Le gusta a 1 persona

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Esta entrada fue publicada en diciembre 30, 2015 por en escribir, primera edición, relato breve y etiquetada con , , .

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